Cuando el cumplimiento no se entiende, se ejecuta sin criterio. No por mala intención, sino porque se convierte en trámite y costumbre. Y cuando se trabaja así, empiezan a aparecer pequeños errores: detalles que no llaman la atención, que pasan desapercibidos y que nadie nota hasta que ya es tarde. Todo parece estar en orden, hasta que una revisión pone el reflector justo donde antes nadie estaba mirando.